En un mundo cada vez más preocupado por la nutrición, las dietas se han hecho un hueco muy importante. Entre ellas destacan las conocidas como dietas alcalinas, que afirman otorgar múltiples beneficios que no incluyen sólo la pérdida de peso, sino también un considerable incremento de la energía y la capacidad de ayudar en la prevención de numerosas enfermedades (osteoporosis, problemas renales, cáncer, diabetes…). Pero, ¿hasta qué punto funcionan?, ¿en qué consisten exactamente?, ¿qué opina la ciencia al respecto? Veámoslo a continuación.

¿En qué consiste una dieta alcalina?

Este tipo de dieta se basa en la creencia de que los alimentos tienen un efecto directo sobre los niveles de acidez y de pH de los fluidos corporales (sangre, orina…). Los alimentos perjudiciales, o sea, los ácidos , hay que evitarlos, sentando las bases de nuestro consumo alimenticio en los considerados alcalinos; pues estos, supuestamente, mejoran nuestra salud equilibrando el pH de nuestros fluidos y ayudándonos, además, a prevenir incontables enfermedades.

¿Y por qué los alimentos afectan a los niveles de acidez y de pH del organismo? Tras metabolizar lo que hemos ingerido, estos dejan en nuestro cuerpo ciertos residuos conocidos comúnmente como ‘cenizas’. Estas ‘cenizas’ se clasifican en ácidas, alcalinas o neutras; y, según los defensores de esta dieta, son el pilar de nuestra salud general.

La dieta alcalina a ojos de la ciencia

Para determinar cuánto hay de verdad o de mito en este método nutricional, lo mejor que podemos hacer es echar mano de la ciencia y su estricta objetividad. Esta nos dice:

a) PH: como ya hemos señalado, la dieta alcalina tiene como finalidad la de equilibrar los niveles de pH de nuestros fluidos corporales en función de los alimentos que consumimos. Esto tiene una parte de verdad y otra de mentira. La verdad es que los alimentos sí que afectan a los niveles de pH, pero, al contrario de lo que sostienen los defensores de esta dieta, solo a los de la orina.

Por lo tanto, la dieta no tiene influencia alguna en el pH de la sangre y además, el de la orina, es un indicador muy pobre como para que con él se pueda determinar nuestro estado de salud.

b) Osteoporosis: según los seguidores de este tipo de dietas, el cuerpo utiliza el calcio de los huesos para contrarrestar la acidez de los alimentos que consumimos. Por lo tanto, las dietas occidentales comunes, que suelen incorporar muchos alimentos considerados ácidos, no son más que una agónica condena para nuestro sistema óseo.

Sin embargo, se olvidan aquí dos puntos que echan por tierra tan agorera afirmación: la función de los riñones, que trabajan para eliminar la acidez del cuerpo y, por tanto, para regular el pH; y que, avalado por innumerables estudios, las dietas ricas en proteínas (ácidas) ayudan a que los huesos se mantengan en condiciones óptimas.

c) Cáncer: aunque numerosos estudios confirman que no hay relación directa entre los niveles de acidez de la dieta y el desarrollo de células cancerígenas, los entusiastas del método alcalino siguen pregonando que el cáncer solo se desata bajo tales circunstancias, por lo que, una dieta alcalina, es esencial para prevenirlo e incluso combatirlo.

Sin embargo, la realidad es otra, pues, tal y como se ha señalado en el primer punto de este apartado, lo que ingerimos no altera el pH de la sangre y, además, el cáncer no solo se manifiesta en condiciones ácidas, sino también en alcalinas.

Conclusión

Pese a todo, debemos concluir que la dieta alcalina es en esencia saludable, pues promueve el consumo de frutas y vegetales, así como trata de evitar los alimentos procesados. Sin embargo, esto no quita que la presencia de ácidos en nuestra dieta sea necesaria y, en dosis justas, muy beneficiosa para nuestro organismo. Por lo tanto, si lo que estás buscando es un método riguroso desde el punto de vista médico y que no deje de lado sustancias tan convenientes como las proteínas, es mejor que sigas otro tipo de plan nutricional.

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Nació en Ourense en 1987. A los 17 años se mudó a Estados Unidos donde pasó 4 años trabajando de traductor y estudiando música. A su regreso a España se licenció en Filología Hispánica en la USC. Como cualquier treintañero venido a menos, cada vez está más convencido de los beneficios del ejercicio y de una buena alimentación.

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